Llorando en el Centro Fidel Castro Ruz.

Salifu Mack – Diciembre 2, 2021

Recientemente tuve la oportunidad de visitar Cuba a través de una Caravana de la amistad con IFCO y Pastores por la Paz. Fue una increíble delegación de 71 personas, representando a 19 estados de los Estados Unidos, viajando para representar a la mayoría de la gente en los Estados Unidos que no está de acuerdo con el ilegal bloqueo de los Estados Unidos a Cuba. Durante la mayor parte de los 10 días que pasé en Cuba intenté mantener la calma, aunque al ser la primera vez que salía del país, me sentí abrumado todo el tiempo. Sin embargo, mantuve la calma durante la mayor parte del viaje, hasta nuestra visita al Centro Fidel Castro Ruz. Es un museo dedicado a Fidel Castro, héroe de la Revolución Cubana. Y es un museo en el que lloré a mares. 

El Centro Fidel Castro Ruz es como ningún otro museo que haya visto antes. Desde el momento en que entras en la primera planta, tienes una visión íntima de la infancia de Fidel. Ves fotos de él de pequeño, lo ves en el contexto de su madre, sus amigos y compañeros de clase. Puedes ver los libros que leía con sus marcas y subrayados intactos. Se aprecian todas las formas en que se inspiró en José Martí. Pero, además de ser un monumento a Fidel, el museo recuerda a todos los valientes cubanos que hicieron posible la victoria de la Revolución Cubana. El Centro Fidel Castro Ruz cuenta con pantallas de vídeo interactivas que, casi a modo de videojuego, ofrecen la descripción de las tácticas desplegadas para derrotar a los Estados Unidos en la invasión de Bahía de Cochinos. Tiene homenajes del techo al suelo dedicados a la historia de la explosión de La Coubre. 

Pero lo que realmente distingue al Centro Fidel Castro Ruz no es lo que contiene, sino para quién fue creado. En vida, Fidel estableció que nadie podía poner su nombre a nada. No quería que se nombraran calles, hospitales o aeropuertos en su honor. La revolución fue en 1959. Fidel murió en 2016. Es justo este año, 2021, cuando el pueblo de Cuba ha roto su norma, sólo un poco, para crear finalmente un museo en su honor. Lo vieron como algo necesario porque ahora existe una nueva generación de cubanos en la isla, una generación de cubanos que nunca ha tenido la oportunidad de conocer a Fidel. Una generación que nunca tendrá la oportunidad de escuchar sus discursos o ser saludada por él en sus escuelas. Con los Estados Unidos desprestigiando y lanzando constantemente ataques contra su legado en los medios de comunicación occidentales, el pueblo cubano tiene ahora que librar una guerra dentro de su país para proteger a su juventud de la influencia capitalista. El auge de los “medios antisociales” y la facilidad con la que los jóvenes cubanos pueden acceder a contenidos virales, tuits, mensajes de WhatsApp y vídeos musicales, significa que Cuba se encuentra en la difícil situación de encontrar una forma de preservar el significado de su revolución en un mundo que quiere que la propia revolución sea vista como “propaganda de Estado”. Con esto en mente, el Centro Fidel Castro Ruz no es de mano dura. No obliga. No cuenta. Enseña. 

En el exterior del Centro Fidel Castro Ruz hay una hermosa estructura cubierta rodeada de plantas autóctonas de toda la isla: la palma de corcho, la palmera panzona, la magnolia cubana, que se encuentra en los bosques de la Sierra Maestra, plataforma de lanzamiento de la revolución. Debajo de la estructura hay una pantalla con un videojuego incorporado. El juego está diseñado para que los estudiantes formen equipos que respondan a preguntas de tipo trivial sobre la revolución. Cuando se selecciona una respuesta incorrecta, aparece en la pantalla una breve reseña que explica lo que se ha perdido. Enfrente hay un paseo rodeado de árboles que no son nativos de Cuba. Entre ellos hay una planta de ave del paraíso de Sudáfrica y una palmera moriche de Venezuela. Son árboles y plantas que representan a los muchos pueblos del mundo que han demostrado su amistad con el pueblo de Cuba. Allí se encuentra un mini anfiteatro, con asientos diseñados pensando en los niños. El museo pretende poner el teatro a disposición de los profesores con aulas grandes y pequeñas. 

En el interior del museo hay una especie de laboratorio tecnológico. Las paredes están cubiertas por un enorme mapa digital del mundo. El mapa contiene enormes objetos con forma de cilindro colocados en varios lugares de la pared que representan países en el mapa. Estos objetos parpadean en la pared, brillando en rojo y verde. Se pueden retirar los cilindros de la pared e insertarlos en una mesa digital montada en el suelo. Cuando se introducen en la mesa, los cilindros muestran vídeos y gráficos sobre los esfuerzos humanitarios de Cuba en ese país. Es toda una sala dedicada a ilustrar la historia de solidaridad de Cuba. Está pensada para ser tocada, pasada y sentida. Está hecho para enseñar a una nueva generación lo que significa ser cubano. Me cuesta creer que el espíritu de Fidel esté demasiado enfadado con eso. 

Pero no fue allí donde ocurrió. No ocurrió hasta que nuestro guía turístico nos llevó arriba, a una de las últimas salas. Esta sala estaba dedicada al programa de la revolución cubana. Seis pilares que se encontraban en el centro de una sala blanca y que representaban los seis problemas que Fidel y el pueblo cubano pretendían corregir a través de la revolución: 

  1. el problema de la tierra (reforma agraria) 
  2. el problema de la industrialización
  3. el problema de la vivienda 
  4. el problema del desempleo 
  5. el problema de la educación 
  6. el problema de la sanidad

Cada uno de estos seis pilares representaba cuestiones que durante mucho tiempo asolaron la historia de Cuba. Cuestiones que en su día significaron la muerte, que significaron la pobreza, que significaron la discriminación, que significaron la desesperación. Cada uno de estos seis pilares representaba cuestiones que se abordaron con la revolución. En cuanto al tema de la educación, nuestra guía se tomó unos minutos para hablarnos de cómo el gobierno cubano abordó el tema de la educación de los estudiantes durante la pandemia. Nos habló de cómo el gobierno reutilizó la televisión nacional para la enseñanza en las aulas. Nos habló de cómo los CDR (Comités de Defensa de la Revolución) asumieron la responsabilidad de garantizar que los niños de sus barrios no se perdieran nada relacionado con la escuela. Y entonces, sacó su teléfono para mostrarnos un grupo de WhatsApp en el que está, lleno de otras madres de su barrio, que trabajan juntas para ayudar a sus hijos con sus tareas escolares. Fue justo ahí cuando una compañera y yo empezamos a perder el control. 

De pie frente a esos pilares, lloraba y pensaba en todas las personas que han muerto en los Estados Unidos innecesariamente durante esta pandemia. Lloraba y pensaba en todos los niños negros y morenos que sufrirán un retroceso permanente debido a nuestra incapacidad para organizarnos en torno a sus necesidades durante estos dos últimos años. Lloré pensando en todos los padres que lloraron por la noche tratando de elegir entre enviar a sus hijos de vuelta a la escuela o quedarse en casa y perder los ingresos que necesitan para pagar el alquiler. Lloré pensando en mi mejor amigo que murió el año pasado por el coronavirus. Pensaba en que un año antes de su muerte, murió su hermano. Y 12 años antes de eso, su padre murió. Como su madre falleció también este año. Estaba llorando y pensando para mí mismo, “Están todos muertos. Toda su familia está muerta”. Estaba llorando y pensando en la existencia de un sistema médico con fines de lucro que les robó y se benefició de todas sus enfermedades. Todas sus muertes. Todos sus funerales. 

Lloré pensando en todos los desalojos forzosos, en todas las ejecuciones hipotecarias ilegales. Lloré pensando en los sin techo. Lloré pensando en todas las tierras de cultivo robadas. Lloré pensando en las abuelas que trabajan en el turno de noche en Waffle House sin seguro médico. Tíos luchando contra la adicción al alcohol y sin acceso a la ayuda. Tanta gente en Estados Unidos, luchando por sobrevivir, que nunca ha sido dueña de nada, ni siquiera de su cordura. Lloré pensando en esta hermosa dedicatoria en la que me encontraba. Una dedicatoria a un hombre tan hermoso que hizo cosas hermosas que la mayoría de la gente de donde yo vivo quizá nunca conozca o entienda.

Días más tarde, estoy en una comida en Matanzas, sentado a la mesa con un grupo de personas mayores blancas. Una señora encantadora llamada Cheryl les habla del huracán Katrina y de cómo Fidel intentó enviar 1.500 médicos a Estados Unidos para ayudar. Les está contando cómo George Bush les negó la entrada y me doy cuenta de que mi cara vuelve a mojarse por las lágrimas. Son las 8 de la mañana y estoy intentando explicarle a esta mujer que no conozco por qué lloro por los huevos que tengo delante. No puedo explicar por qué estoy pensando en esa sala del museo con el mapa digital y los cilindros. Cómo había puntos rojos y verdes brillantes por todo ese mapa pero no en los Estados Unidos. Estoy llorando porque me gustaría que hubiera un cilindro que pudiera salir de la zona que representa a Luisiana. Intento explicar que lloro porque pienso en todos los africanos de Luisiana que fueron abatidos por policías y vigilantes blancos mientras buscaban comida y refugio durante el Katrina. Estoy llorando y pensando en cómo el gobierno de Estados Unidos vio a tanta gente ahogarse y morir de hambre y desangrarse y no hizo nada. Me puse a pensar en la trata transatlántica de esclavos y lloré un poco más. Lloré pensando en el hecho de que mi gente nunca pidió morir en Luisiana. O en Mississippi. O en cualquier lugar de los Estados Unidos. Lloro porque no hay palabras en el idioma inglés para describir la clase de angustia que siento, pero es el único idioma que conozco. Lloro porque la única razón por la que hablo inglés es por la conquista y la dominación colonial. Lloro por todas las cosas que nos han robado, por todas las cosas que nunca recuperaremos. 

Lloro pensando en cómo la gente en Estados Unidos odia a Fidel porque llevó la revolución en Cuba a la conclusión natural que nunca se alcanzó en el sur de Estados Unidos durante la reconstrucción: la reforma agraria y la purga de la escoria racista. Estoy llorando y pensando en El Hajj Malik Shabazz. Me doy cuenta de que no sé cómo explicar a esta mesa que estoy llorando porque todos nuestros héroes africanos en Estados Unidos están muertos, exiliados o en la cárcel. No hay museos en su honor, y los museos que se han erigido para intentar sólo hacer potables y apropiarse de sus legados. Lloro porque pienso en Flint y Baltimore y Brooklyn y Charleston y Ferguson. Lloro pensando en el millón de diferentes mini santuarios de Obama en las casas de familiares y amigos que he visto a lo largo de mi vida. Estoy llorando y pensando en lo que significa vivir en un mundo en el que ni siquiera es seguro para mí llevar una camiseta de Castro en el aeropuerto cuando vuelvo a casa, pero es totalmente normal colgar un retrato de Barack Obama en mi pared. Un mundo donde la gente ni siquiera sabe quién es Mumia. Un mundo en el que una marioneta colonial como Obama es lo que se supone que tengo que esforzarme por ser. 

Esa mañana, en la mesa, lloré pensando en lo cruel que es castigar a un pueblo, a un país entero, por negarse a ser explotado. Lloré pensando en todos los avances que el pueblo cubano ha hecho desde su revolución en 1959, y todavía en la fuerza con la que son frenados por el bloqueo de Estados Unidos en la isla. Lloré pensando en esa nueva generación para la que se diseñó el museo. ¿Qué pasaría con ellos si el bloqueo nunca se levantara y nunca tuvieran la oportunidad de saborear todo el fruto de lo que la revolución debía darles? Lloré pensando en lo que le pasaría al mundo entero si la revolución cubana se perdiera. Lloré pensando en todas las personas que conocí y que darían su vida antes de permitir que eso sucediera. Lloré pensando en que una vez que volviera a los Estados Unidos, lo primero que me iba a preguntar mucha gente eran las contradicciones que existen en la sociedad cubana: “¡Dime la verdad! El racismo sigue existiendo, ¿no?” “¿No es como, autoritario?” Lloré pensando en cómo iba a tener que preceder cada encuentro que tuviera en casa diciendo “Cuba es genial PERO no es perfecta…” para que me tomaran en serio las personas que bailaron en la calle cuando Joe Biden y Kamala Harris ganaron las elecciones. 

Lloré pensando en la última sala del museo. La que honraba el programa de la revolución. El problema de la tierra, el problema de la industrialización, el problema de la vivienda, el problema del desempleo, el problema de la educación, el problema de la sanidad. Empecé a pensar en lo importante que era luchar por el control en esas seis áreas clave, y en cómo se ganó esa lucha. Y entonces empecé a pensar en nuestra guía turística. En cómo nos mostró ese grupo de WhatsApp lleno de madres, trabajando juntas por la educación de sus hijos. Y antes de recomponerme para el día, me permití llorar un poco más ante ese pequeño recordatorio de que, a pesar de todo lo que ha pasado, la revolución es buena, es necesaria y sigue viva. Un día nos tocará a nosotros. 

Salifu Mack es un socialista panafricano y miembro de la Alianza Negra por la Paz, la AAPRP y el Comité de Acción de Lowcountry, que es una organización de base dirigida por negros y dedicada a la liberación de los negros mediante el servicio, la educación política y la acción colectiva en Lowcountry, Carolina del Sur. Síguenos en IG para apoyar nuestro trabajo: @LCTakesAction

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Tomado:

Traducido para Karlito Marx (Grupo Debate) https://t.me/Karlito_Marx_Debate, de https://hoodcommunist.org/2021/12/02/crying-at-the-centro-fidel-castro-ruz/

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