El socialismo en manos del capital – IV

El desarrollo social ha tenido un precio político impagable. Cuba ha sido un extenso campo de trabajo sacrificado por un sistema socioeconómico caotizado. La explotación sin par del trabajo asalariado, remunerado directamente en apenas un cuarto/quinto de su valor a la fuerza de trabajo, ha servido para la inversión social a un irracional costo económico y una alta alienación social.

La acumulación originaria de capital que desmembra la sociedad inglesa del siglo XIX, define que el valor de la fuerza de trabajo ha de tender a cero para que la reprodución del capital alcance la dinámica que los propietarios privados necesitan. El enriquecimiento capitalista viene chorreando sangre por los poros. El precio que el capitalista le pone a la fuerza de trabajo asalariada no pasará del mínimo para su reproducción biológica. Un quinto o menos del valor del trabajo basta. El capitalista acumula. El trabajador subsiste. Ese es el origen de la gran concentración de renta y la alta acumulación de riqueza de la clase propietaria del capital en los países del llamado primer mundo.

La clave de la bancarrota del socialismo eurosoviético está en haber adoptado el paradigma de la acumulación capitalista como fundamento de los modelos de desarrollo económico. No ha sido casual que el estado asumiera la función del capitalista. El patrón de acumulación de capital proporciona el poder a la clase que dententa su propiedad. El estado neocapitalista en manos de los partidos únicos de los países del llamado socialismo real sustituye el sujeto de poder privado y se convierte en centro de poder absoluto sobre la economía y la sociedad.

Cuba no ha sido la excepción. Las consecuencias del monopolio del capital por el estado en manos del partido único son evidentes.

Más allá de saldarle al pueblo la deuda social heredada del capitalismo prerevolucionario, las fuerzas productivas se mantienen atrofiadas y la clase trabajadora alienada. El dominio del estado suplanta la democracia popular. Estado y pueblo han sido divorciados económica y políticamente. La extendida inversión social no puede asegurar la identificación de la sociedad – especialmente de las nuevas generaciones atribuladas por la efervescencia del capitalismo realmente absorbente que rodea la Isla – ni con el Partido único ni con el Estado ni, claro está, con el supuesto socialismo.  En la percepción ideológica del 70% de la población, esa nacida después de 1959, el socialismo cubano significa subdesarrollo económico crónico, estando de carencia permanente, falta de libertad y democracia política. Usa realidad hace insuficiente el contrapeso de los derechos y el innegable avance social alcanzado  por ese “socialismo” en el acceso universal a la educación y la salud.

La Isla se hace pequeña y cruzar el mar que la separa del capitalismo real se convierte en una obsesión para cientos de miles de cubanos, ante todo de las generaciones jóvenes. El sueño negro americano con nombre musulmán que desembarcó en la Habana – por fin están de vuelta, suspiraron millones de cubanos –  y conmocionó a una Cuba asustada de sí misma se convertirá en pesadilla para miles de emigrados una vez que se conoce en carne propia la naturaleza anti social del capitalismo de carne y hueso, ante todo el norteamericano. Pero eso no cambia la realidad: la emigración cubana es la huida de la precariedad material y la opresión política de un estado anti democrático. El dilema de emigrar o no emigrar se convierte en una lucha de resistencia e impotencias existenciales. La sociedad cubana permanece en la camisa de fuerza del poder absolutista del PCC y el mar de leva ruge sordamente. Lo que constituye un escenario sociológico y político abocado a la emancipación revolucionaria, el PCC lo interpreta oportunistamente como un estado de apoyo de las masas y su juventud.

El VII Congreso decide aprovechar la coyuntura y se define por el rumbo capitalista del “socialismo cubano”. Lo que ha definido expresis verbis es que no habrá debate democrático por el socialismo. Vamos a dejar que sea el capital el que en última instancia decida. El carácter de la base económica, han aprendido los stalinistas, decide sobre la naturaleza de la superestructura política. El reformismo economicista viene a ser la encarnación de la política de hechos consumados. El pueblo necesita la ilusión de la “apertura” que renueve la fe en el poder político del Partido único, puesto que no habrá alternativa democrática a dicho poder. La democracia protagónica del empoderamiento popular no entra en juego. La revolución socialista, ese tránsito hacia la liberacion positiva, será ahogada por la propiedad capitalista, privada y estatal, y la economía de mercado.

Cuando entre otras voces revolucionarias, alzamos la crítica contra ese golpe a la revolución socialista dado por los Lineamientos Económico del PCC los gritos de la burocracia política se dejaron escuchar a diestra y siniestra. El reformismo económico socioliberal apremiaba y el toque de corneta del PCC resonó.  Que la anti política de hechos consumados dicte el rumbo. Hoy los “comunistas” cubanos nos vienen a contar la historia en su nuevo Congreso de que los cambios económicos no pueden divorciarse de los políticos. Casi ya 20 años de reformismo economicista, desde los cambios pendulares del periodo especial en tiempos de paz,  no dan ningún resultado más que el buscado por el PCC: refrendar las patologías políticas del modelo fallido de socialismo vulgar y marcar el derrotero de la transición capitalista. Salvar la responsabilidad escondiendo la carga del fracaso en la apertura socioliberal que lleve la sensación de emancipación al pueblo cansado y ansioso de ella.

Esos son los hechos, más allá de todo el discurso político que ha querido hacer creer lo contrario.

La decisión del VII Congreso del PCC ha sido clara. El crecimiento económico de la mano del capital privado y el estatal en asociación con el corporativo transnacional nos pondrá en la senda de la acumulación neocapitalista y el desarrollismo del capitalismo periférico tercermundista. La probada insustentabilidad del desarrollo bajo estos presupuestos en toda América Latina no motiva el pensamiento revolucionario de los “comunistas”. Con el pueblo no habrá debate.

La fuga hacia adelante del bipartidismo “Fidel-Raúl”, esa pesada broma con que ha quedado definido en el propio VII Congreso el pensamiento único, arenga hacia la gran marcha china, tal como en su momento en más de un ensayo crítico hube de analizar y denunciar. Análisis que provocan escozor hasta hoy en esa intelectualidad orgánica cubana a la que el pensamiento crítico le sigue siendo lejano e impropio[i]. La implantación brutal de la acumulación por depredación del valor de la fuerza de trabajo bajo su generalizada apropiación privada en el ámbito de la economía real, la producción y el empleo, instala en China y Vietnam un modelo de capitalismo de estado asiático extendidamente explotador y alienante.  Nada de ello importa como objeto de profundo debate a los “comunistas” cubanos. Al pueblo se mantendrá en la censura, los medios de información no echarán leña al fuego.

El debate de mérito sobre lo que tenemos que definir como el modelo de acumulación socialista de capital ni asoma en las conceptualizaciones del socialismo que apura el VII Congreso del PCC.

El PCC hará oídos sordos sobre la deprivación del trabajo que el modelo de acumulación neocapitalista hará para poder desarrollarse. No habrá igualdad social que valga pues ello es igualitarismo indeseado – aplauden los “comunistas” en su VII Congreso. Estudios sociológicos conservadores de investigadores cubanos nos hablan de un coeficiente GINI actualmente del 40% en Cuba, todo un monumento a la desigualdad socioeconómica en los rangos del capitalismo latinoamericano. Apuntan a un marco de pobreza crítica del 20% de la población, lo cual sitúa a Cuba entre los países de mayor deterioro del mínimo de existencia. Ya el 30% de la fuerza de trabajo ha pasado a engrosar el sector precario de la economía bajo la explotación del capital privado, ese cuya esencia económico-política los “comunistas” cubanos falsifican como el sector de los “medios no fundamentales de producción”.

La acumulación de capital por depredación del trabajo y la concentración de las rentas queda claramente planteada. Pero no temamos. La curva de Kuznets – el credo neoliberal conocido en América Latina como la “teoría del pastel” (del “bolo” en Brasil, como tenía la oportunidad de discutir en encuentros con académicos, intelectuales y diplomáticos en ese país) – nos asegura el derrame de la riqueza del que le habla a los “comunistas” y al pueblo cubano Fidel Castro.

Pero el hermano cubano – puesto que ya hay uno que no es ni cubano ni blanco, sino representante del capital corporativo yanqui – le dice más a los “comunistas” y al pueblo. El mercado afincado en la ley de la oferta y la demanda que ha llevado a la exclusión a millones de personas en China y Vietnam, como en todo el mundo capitalista, dado que su medio natural es el de la apropiación privada del capital, define el patrón de acumulación y nos enseña el camino iluminado del reformismo económico cubano.

Con  la “planificación” burocrática Cuba – hemos escuchado en el VII Congreso del PCC – impedirá que los cubanos corran la misma suerte a manos del mercado. La idea de la planificación de la economía seguirá corrompida bajo el criterio de su verticalidad burocrática. Mientras tanto sabemos que la planificación bajo el concepto de economía social es todo lo contrario, pasa a ser expresión de los intereses comunitarios de las regiones y por extensión de todo el país.  Pero la idea sobre el modelo de acumulación socialista no aparece por ningún lado. El socialismo ha de quedar en manos del capital. Ese es el debate que no tiene cabida entre los “comunistas” cubanos.

El mercado, nos vienen a decir ahora los “comunistas”, no es incompatible con la planificación. Pero hace 25-30 años atrás cuando analizábamos desde el pensamiento crítico independiente y revolucionario el problema entre estado y mercado en el capitalismo de cara al socialismo en Cuba, todo el pensamiento orgánico se insultaba. Hoy ese pensamiento en un congreso supuestamente comunista vuelve a manipular las claves del problema. Se habla de oferta y demanda, pero se oculta que el mercado no será el marco depredador del trabajo sólo en la medida que el capital sea democratizado, donde las relaciones sociales de producción no estén dictadas por el capital. Es justo aquí donde los “comunistas” cubanos viran la cara hacia otro lado. Puesto que la democratización del capital implica la democratización del poder político. El fantasma del comunismo ronda sobre Cuba y asusta a los comunistas.

Hablamos de un modelo socioeconómico – vamos a reiterar – regido por relaciones sociales de producción de trabajadores libremente asociados fuera de la alienación del trabajo asalariado. No hay cabida aquí para el engaño  sobre “la propiedad social de los medios fundamentales de produción”, como cuando en el siglo XIX los obreros ingleses veían en esos medios todo el origen de su explotación,  y no en la relación asalariada de su trabajo explotado por el capital.

La democratización de las relaciones sociales de producción es lo que define el carácter socialista del modo de producción. El mercado quedará aquí sujeto al espacio de intercambio de valores de uso, cuyos valores de cambio no constituirán – dadas las relacione socialistas de producción – fuente de la reproducción privada de capital. La correspondencia del Estado, en tanto superestructura política, con una base socioeconómica así organizada se dará en la expresión comunitaria del poder y la capacidad del mismo para planificar democráticamente la proyección del desarrollo económico sustentable. Ese es el debate por el socialismo.

Pero nada, a la clase trabajadora cubana hay que seguirla engañando como hasta ahora. Tendremos como en el “mundo moderno” clase media consumidora y el pueblo como masa asalariada por fin podrá hacer lo que le plazca. “Hacer lo que le plazca” es lo que ya nos cuentan incluso desde la izquierda cubana. Lo que le plazca a la pequeña y mediana burguesía propietaria y a la alta burguesía de la gran burocracia estado-partidista copropietaria del capital concentrado por el estado. Esto no se dice en voz alta. Con el pueblo no se debate.

(cont. Parte V)

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[i] ¿Recuerdan los lectores cómo el politólogo cubano Carlos Alzugaray , ensalzado ahora como experto en el ensalce de las relaciones Cuba-USA, hubo de llamar a este autor “sátrapa” en un articulejo donde se defendía dando palos de ciego de mis análisis sobre la orientación hacia “la marcha china” en la que su voz de experto iba a la vanguardia, a espaldas de la opinión pública cubana?

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